Pocas capitales europeas acumulan tantas identidades sin que ninguna borre del todo a las demás. Vilna fue durante siglos ciudad polaca, sede del Gran Ducado de Lituania, centro de la cultura judía centroeuropea, ocupada sucesivamente por rusos, alemanes y soviéticos, y hoy capital de una república independiente desde 1990. Esas capas se leen en la arquitectura: el barroco jesuita junto a la sinagoga reconstruida, el trazado medieval bajo bloques de apartamentos de época soviética. Los hoteles de la ciudad reflejan esa misma superposición: conventos reconvertidos, palacios menores de la nobleza lituana, casas de comerciantes del casco antiguo que hoy alojan huéspedes con el mismo cuidado con que guardaron mercancías.
Riga y Tallin son ciudades hermosas, pero sus cascos históricos funcionan en muchos tramos como escenografía. El Senamiestis de Vilna —con sus 70 iglesias y casi 1.500 edificios históricos catalogados— tiene la densidad del museo pero la temperatura de un barrio vivo. La gente vive allí, los restaurantes abren sin distinción de temporada, y la escala humana de las calles hace que moverse a pie sea la norma, no la excepción.
El casco antiguo concentra la mayor parte de los hoteles boutique de la ciudad, instalados en edificios del siglo XVII y XVIII. Es la zona de referencia para quienes quieren acceso directo a la catedral, el castillo de Gediminas y la Puerta de la Aurora.
Este barrio al otro lado del río se declaró república independiente en 1997, con constitución propia y embajadas imaginarias. Pequeño, irregular, lleno de talleres de artistas y murales, tiene pocos alojamientos pero los que existen tienen carácter. Quien elige quedarse aquí acepta que no todo funciona con la eficiencia del centro, y eso forma parte del trato.
La avenida principal concentra cadenas internacionales y hoteles de negocios. Una opción práctica para quienes valoran la proximidad al transporte y a los centros comerciales modernos.
Vilna funciona igual como escapada de fin de semana que como base para explorar la región: el Parque Nacional de Trakai, con su castillo sobre el lago, está a 30 kilómetros. La ciudad recompensa el ritmo lento; para quienes llegan tres días, el casco antiguo contiene lo esencial sin necesidad de alejarse demasiado.